Cada día de mi vida desde aquel Noviembre he aprendido algo y en el fondo, este aprender se ha transformado tanto en una gran fortaleza, como también una debilidad. Quizá lo primero que aprendí fue ese amor materno que brindó mi madre. Y si bien aprendí a nacer el amor en cuestión de segundos, me tomó (y seguirá tomando hasta el fin de mis días) muchísimo más aprender a morirlo.
Pero hay algo hermoso entre el nacer y el morir. Se llama Vida. Algo más que un ciclo; más que un hacer para deshacer. Entre el nacer y el morir no hay formulas definitivas. Existen mil ecuaciones que llegan a un mismo resultado. Pero lo que el matemático no entiende, es que desde su forma más compleja hasta el último resultado han existido un centenar de caminos y pequeños calculos para llegar siempre a ese mismo número final. No importa qué tan corta o complicada sea la ecuación, su vida será el progreso hacia el final. Porque ya llegado el resultado, ¿que hago con ese número que no dice nada? El milagro está Entre la unión de números y su solución.
Al comenzar este año lleno de cambios, bienvenidas y olvidos, habría sido capaz de afirmar que tanto la vida como el amor son extremadamente frágiles. Y entre largas y hermosas agonías y despues de un centenar de acontecimientos llegué a otra conclusión: La vida no es frágil; es un milagro. Que tanto la vida como el amor penden de un hilo y que es realmente osado hacer planes para el mañana, pues nadie asegura mi estancia bajo este aire ni por este preciso instante.
A veces (si no siempre) vivimos entorno a lo malo que nos rodea, y no hacemos un esfuerzo por ver lo hermoso que hay incluso en lo subliminal. Por esto quizá vivimos muriendo, y vivimos pensando que hemos nacido solo para morir. Es lo feo que nos quitó la curiosidad por seguir calculando hasta el final. Son esas noticias que nos hacen perder la cuenta de los pasos que llevamos y nos falta por hacer.
Pienso también que así como la vida es un milagro, la muerte es gran parte de ello. Tengo que confesar que este año me hizo ver la muerte desde muy cerca y ha logrado acosarme de tal manera que inculcó una especie de pánico interior. Sin embargo, lo único más poético que la vida, es el fin de la misma. Mal que mal, escribimos mejor cuando agoniza nuestro amor. y cuando muere, llega a ser poema por si solo ese dolor en nuestro corazón. Es la muerte lo único que tenemos en común todas las personas. Hay algo en la muerte que hace mejores nuestras vidas. Algo que hace que estrechemos los brazos a nuestro peor enemigo. Dicen que la carne se ablanda con golpes.
Termino de escribir con una cierta melancolía. Ha muerto la noche, y se ha llevado con ella la vida de cientos.
Con el corazón a medio moler,
me despido expresando mi pesame.
Max Donoso
